Cuentos

Saludos a todos, aquí están mis cuentos, si encuentran algún error, sea cual sea, por favor disculpénme una vez más y háganmelo saber si así lo desean, escribiendo a mis correos de contacto.

"el poeta independiente"

 

INOCENCIA PERDIDA, PECADO PERDONADO


 "Se puede perdonar un acto,

        cuando existe una verdadera razón

        de por qué se hizo."

 

 

 

Aquella tarde Salomona entró a la jefatura de policía despavorida y con una cara que ya no podía con ella, vayan ustedes a saber que tipo de facciones tenía cuando le anunció al comandante Juan Luviano, que su hijo se había perdido, que no lo encontraba, que llevaba todo el día buscándolo, desde la mañana en que lo mandó a comprar el pan, desde entonces el niño ya no había regresado.

Juan Luviano se levantó de su asiento como alma que lleva el diablo después de haber sido despertado de la siesta. Bajó las piernas que tenía entre cruzadas sobre el escritorio, retiró sus manos que sostenían su nuca y ya de pie miró a Salomona y le dijo:

 

-                            ¡Calma, calma!, por favor Salomona cálmese y vamos por partes, -con cierto dejo enredado y aletargado Juan Luviano repuso-, que de todo lo que me ha dicho, sólo le entendí muy poco, más bien no me quedó muy claro, sólo que su hijo se perdió.

 

Salomona, una madre soltera y que había criado sola a su hijo desde que su marido la dejó encinta y se fue para el norte sin regresar jamás; se constituía como una mujer fuerte, bragada y considerable voz de mando y carácter, aquella tarde se soltó llorando triste y desconsolada, las lágrimas del cielo se dejaron ver en el contorno de sus ojos y después a cántaros comenzaron a rodar por sus mejillas, todo ese caparazón de gran carácter se venía abajo, por el amor divino de madre. Entre tanto, Juan Luviano trataba de tranquilizarla dándole palmaditas en la espalda y aquella, sollozando le comenzó a explicar al comandante:

 

-                            ¡Mi hijo no aparece por ningún lado! ¡Ayúdeme a encontrarlo! ¡Por favor comandante! ¡Se lo suplico!

 

-                            Tranquila Salomona, a ver explíqueme ¿Qué fue lo que pasó?

 

Salomona, un poco más sosegada, pero con suspiros entrecortados, comenzó a dar una explicación:

 

-                            En la mañana, como a eso de las nueve, mandé a mi hijo a la panadería de Don Filemón, para que comprara pan, mientras, yo me quedé ordeñando las vacas. Pasó más de una hora y mi niño no llegaba, me preocupé y fue entonces cuando bajé a la casa de Don File y le pregunté por mi hijo, él, contestó que ya tenía rato que se había ido de ahí con la bolsa de pan en la mano. Salí de la panadería y me encontré a Rafaela Bueno, le pregunté si había visto a mi hijo, ella tampoco me supo dar razón. En ese momento pasaban por ahí Otulio y Mánfora, los carboneros; al escucharme mencionaron que ellos lo habían visto en los platanales con Gemudio, el herrero. Fui a la casa de Gemudio, él me explicó que lo había visto con su bolsa de pan camino a mi casa, pero como mi chiquillo no quería pasar por el río, ya que ahí estaban los perros de Don Pastor. "Fue a buscarme para que le ayudara a cruzar el río, pero yo no estaba, había salido, cuando regresé a la casa enseguida, mi esposa me dio el recado y fui a alcanzar al chamaquillo para ayudarle a cruzar el río". Gemudio salió de su casa y alcanzó a mi hijo en los platanales, donde los vieron los carboneros, le ayudó a cruzar el río y de ahí nadie lo vio, nadie me ha dado más señales de él.

 

Salomona se soltó de nuevo a llorar y el comandante le indicó:

 

-                            Muy bien Salomona, no se preocupe, ahora mismo vamos ir en busca de su hijo, por mientras, váyase a su casa, le diré a José que le acompañe por si es que su hijo ya llegó, que nos venga a avisar, para dejar de buscarlo.

 

-                            ¡Por favor, encuéntrelo comandante! –entre llantos y gemidos aterradores de madre acongojada, Salomona pedía a Juan Luviano que encontrara a su hijo.

 

Así se hizo, se formó una comitiva entre los subordinados del comandante y voluntarios, salieron en busca del chiquillo, se dirigieron a los platanales, a las pozas del río donde los niños y jóvenes chapoteaban, fueron a las huertas, preguntaron en las casas, en las tiendas, en todos los lugares, pero nadie supo dar ni una pista o seña alguna del niño. Todo concurría muy extraño, no aparecía por ningún lado y de hecho no apareció. Se hicieron dos detenciones, una fue para los carboneros y la otra fue para Gemudio, pero al dar su versión completa de los hechos los dejaron libres, por no encontrarlos sospechosos.

Pasaron así varios días, hasta que algo insólito vino a cambiar el rumbo de todas las cosas, investigaciones y demás. Entró Josefa corriendo a la comandancia, (la que hacía las faenas de limpieza en la iglesia), para explicar que había encontrado muerto de un tiro en la cabeza al sacristán, un tal Filomeno Anzaldo, el comandante Luviano le vio llegar muy alterada, se alzó de su escritorio como cohete al escuchar lo que Josefa le exponía, mientras pelaba sus ojos, pues no daba crédito a lo que estaba escuchando. Se fue de inmediato para la iglesia con José y Elpidio dos de los policías. Josefa le indicó en donde estaba el cadáver, al verlo, Juan Luviano no daba por razonada la escena.

Ahí estaba aquel infortunado cristiano, el ayudante de los menesteres de la iglesia, tendido boca arriba y con las manos extendidas hacia los lados, las piernas ligeramente abiertas y con un agujero en el centro de la frente, "hasta eso, bien atinado", dijo de manera imprudente el comandante. Mientras observaba al hombre con un disparo en la cabeza, el único tiro suficiente para arrebatarle la vida.

Juan Luviano regresó a la comandancia, dio aviso a los médicos forenses, peritos y ministerio público. Mientras, se revolvía en un muladar de nervios, dudas y preguntas. ¿Quién pudo haber matado a Filomeno? ¿Quién putas se atrevería a matar a ese cabrón? ¡Quién!.

En tanto, Salomona aun no se resignaba en dar a su hijo por muerto, quizá la idea de que se lo habían robado, era aún más esperanzada y menos difícil de asimilar, que la propia muerte de su retoño. Ambos sucesos se habían presentado de manera fortuita, la zozobra se había presentado de un momento a otro en San José de lo Plátanos. Ahora sí, Juan Luviano tenía mucha tarea, desde su asignación en aquel puesto como comandante, quizá eran los primeros hechos relevantes que tenía, como siempre, como clemente y heroico servidor público, se la pasaba dormido en su silla y con los pies sobre el escritorio, y para no variar uno de esos días se encontraba recargado sobre su escritorio con los puños cerrados sobre este y de espaldas a la puerta de la comandancia, en un sutil y distintivo mirar de reojo, observó a Elpidio, ya que éste, tenía unos ojos de sorpresa, asombro o espanto, que veían hacia la puerta y Juan Luviano con un acento de ignorancia le preguntó:

 

-                            ¿Qué estás mirando, tú?

 

Elpidio movió la cabeza como haciendo una señal y tratando de decirle a Juan que volteara; éste lo hizo, quedando más sorprendido que el propio Elpidio. Ahí, en la puerta, parado como un muerto ¡Estaba Chuchito! ¡El hijo de Salomona!, y en su mano portaba un arma...

...y lo único que atinó a decir antes de empezar a llorar de una manera que cualquiera le partiría el corazón, fue:

 

-                            Señor Juan, ¡Yo maté a Filomeno! ¡Lo maté! ¡Lo maté! Lo mate porque... porque...

 

El niño no podía decir nada, tomó aire y fuerzas desde sus entrañas, soltando la más inocente explicación, la cual daba su propio perdón de niño.

 

-                            ¡Lo maté porque abusó de mí!

 

Después, con sus doce años de niño, se soltó a llorar.